sábado, 23 de enero de 2010

Ataecina

Ataecina (también Atecina, Ataegina, Ategina, Adaecina, Adegina... depende de la zona) es una diosa a la que se rindió culto prácticamente en toda la Península Ibérica antes y durante la ocupación romana, al menos en los tres primeros siglos del Principado. La etimología de su nombre nos lleva a comprender su significado, "la renacida", lo que coincide con las atribuciones que se cree que tenía: una diosa ctónica del Inframundo, dueña de todo lo que hay bajo el suelo y que por tanto, favorece la fertilidad de la tierra, siendo también por ello diosa de la fertilidad y del renacer vegetal, es decir, de la primavera, aunque pueda parecer paradójico que una diosa infernal pueda serlo al mismo tiempo de la primavera. Esta teoría viene reforzada por las inscripciones de época romana en la que se la identifica (que no sincretiza) con la diosa Proserpina, quien habitaba en el Hades durante el invierno y volvía a la tierra para llevar la primavera.

Existen actualmente y según Juan Manual Abascal 36 inscripciones seguras acerca de Ataecina, la mayoría de las cuales se encuentran en Alcuéscar (Cáceres, Extremadura). También hay testimonios en Toledo y Cuenca y en Cerdeña, donde seguramente llegó el culto a Ataecina gracias a soldados mercenarios.

El culto a Ataecina se caracteriza por el levantamiento de altares y el uso de pequeños exvotos que bien podían tener forma de cabritas o bien podían ser cilindros en los que se tallaba un rostro de grandes ojos redondos combinados con otras formas geométricas que conformaban los rasgos de la cara. En las inscripciones se pide tanto su bendición como maldiciones, que podían ir desde una enfermedad ligera hasta la muerte. También se le pedía la curación de diversas dolencias. El centro del culto se encontraba en la ciudad e Turóbriga, la cual no se sabe si pertenecía a la Bética o a Lusitania, dando lugar a la posibilidad incluso de que existieran dos ciudades con ese nombre. También se ha pensado que más que una ciudad, pudiera tratarse de un lugar sagrado junto al cual se realizarían los ritos, y dado que es una zona de encuentro de varias tribus (vettones, lusitanos y celtici), quizá también sirviera de punto de encuentro y pactos entre las mismas. Junto a algunas lápidas se han encontrado huellas de patas de cabra, por lo que seguramente se sacrificarían estos animales para ofrecérselos a la diosa.

Es curioso destacar que muchos de los yacimientos en los que se han encontrado inscripciones y objetos dedicados a Ataecina se encuentren cerca de explotaciones mineras de hierro y estaño. Esto refuerza el carácter de diosa del Inframundo de Ataecina, ya que en varias mitologías, el dios del Inframundo es poseedor también de los metales y minerales ocultos en las entrañas de la tierra. Un ejemplo sería el dios griego Hades.

Leer más...

domingo, 17 de enero de 2010

Las Matronae

Con el término Matronae nos referimos a tríadas de diosas asociadas con la fertilidad que fueron veneradas en zonas concretas de Europa entre los siglos I y V d.C. Aunque el origen se les supone bastante más antiguo (se ha relacionado con la cultura de La Tène, II Edad del Hierro), las representaciones plásticas que conservamos de ellas proceden de esta época, ya que la expansión de este culto se vio favorecida por el crecimiento de la cultura romana. Las zonas en las que podemos encontrar restos de este culto son Germania (especialmente la zona del bajo Rhin), la Galia oriental y el norte de Italia y de la Península Ibérica.

Estas diosas aparecen de tres en tres, rodeadas de frutas y animales, y normalmente con un pecho descubierto, aludiendo también de esa manera a la maternidad. Las inscripciones que se conservan están escritas en lenguajes celtas o germánicos y muchas veces dan gracias a estas divinidades por su protección, por lo que quizá se les podría aplicar también esta característica. En ocasiones, podrían ser asimiladas también a diosas de la tierra y adquirir nombres que aludían a los localismos de las zonas en las que se les rendía culto; es por esto por lo que muchas veces es complicado discernir en las inscripciones si se habla de ellas o de otras divinidades. Encontramos también nombres de estas diosas relacionados con etnias concretas, como por ejemplo las Hiannanefaticas, a las que los cananefates rindieron culto en la actual Holanda. Además, parece ser que las representaciones tienen bastante influencia grecorromana en cuanto al estilo artístico, por lo que también surgen debates en torno a algunas representaciones cuando se trata de vislumbrar su origen en este sentido.

He observado que en muchos lugares se trata de relacionar a las matronae con tríadas de diosas que, en realidad, tienen características que no se les pueden aplicar, como por ejemplo, la diosa irlandesa Morrigu. Aquí surge un problema de interpretación bien sencillo: las matronae simbolizan la fertilidad, la tierra (entendida como territorio) y la maternidad; si bien no voy a negar que Morrigu pueda tener estos atributos, es cierto que tiene otros que la alejan definitivamente de las matronae, por lo que no debemos caer en la tentación de lo fácil, que es asegurar que las representaciones de las matronae se pueden aplicar a cualquier tríada de divinidades femeninas. Un ejemplo que sí se podría aplicar sería el caso de la tríada de diosas de la tierra de Irlanda, Eire/Bamba/Fotla, puesto que simbolizan la tierra y la fertilidad, pero tampoco podemos decir que algunas de estas representaciones puedan ser ella, puesto que, lingüísticamente hablando, no podemos relacionar las inscripciones celtas de las matronae con el gaélico irlandés.

En cuanto al origen, si observamos la cronología de las inscripciones, podríamos casi asegurar al cien por cien que es celta y que efectivamente, podría provenir de la cultura de La Tène, ya que las primeras representaciones aparecen en la Galia. De ahí, pasan al norte de Italia, y por último, a los alrededores del Rhin, relacionadas con los ubios, una tribu germana fiel a Roma. Son zonas fuertemente romanizadas así que podemos confirmar que, aunque el origen de las matronae no es romano, sí que esta civilización asumió su culto y ayudó a difundirlo. Es más, quizá, si no fuera por las inscripciones celtas y germanas, los historiadores hubieran concluido que el origen de las matronae era romano.

Leer más...

martes, 5 de enero de 2010

El culto al emperador

Es de sobra sabido que en la antigua Roma, con la llegada de la época imperial y el ascenso al poder de Octavio Augusto, se fue desarrollando un culto hacia el emperador en el que éste era considerado descendiente de alguna divinidad. Los precedentes de este culto los encontramos ya en la República, con Julio César, quien consintió que se levantara una estatua en su honor en el año 44 a.C. Asimismo, Augusto le dedicó un templo en Roma calificándole de "divino Julio", Divus Julius.
Poco a poco y con cierta timidez, podemos ir viendo como los sucesivos emperadores fueron adoptando estas costumbres. Augusto edificó un templo para sí mismo en Pérgamo y Tiberio, en Esmirna, aunque hemos de aclarar que estos templos no estaban dedicados a ellos en exclusiva sino que los compartían con el Pueblo de Roma, el primero, y con el Senado, el segundo, siempre según los Anales de Tácito.

Calígula rompió la tradición mandando construir numerosos templos y estatuas en su honor pero todas fueron destruidas cuando acabó su mandato. Claudio volvió a la austeridad de Augusto y Tiberio, construyendo sólo un templo, esta vez, en Britania. Es curioso que ninguno de estos emperadores ni sus sucesores realizaron la erección de estos templos en la propia ciudad de Roma, ni siquiera en Italia. Según Dion Casio, en Italia eran adorados simplemente como héroes, en el caso de que hubieran sido buenos gobernantes. Algunos emperadores, como Augusto, Nerón y Adriano, tuvieron también altares propios.

Por lo general, era raro que un emperador se autodenominase dios en vida.; sólo Domiciano se atrevió, causando un gran escándalo. Solían ser deificados a su muerte, por lo tanto, si su sucesor tenía una mínima vinculación con el fallecido, ya se consideraba "hijo de un dios", y por lo tanto, adquiría cierta divinidad sin resultar demasiado presuntuoso. Hay que especificar que entre el vulgo, era algo a lo que no se daba importancia e incluso en ocasiones se hacían mofas. Incluyo aquí una cita atribuida a Vespasiano en el momento de su muerte:

"Vae... puto deus fio! ("¡Ay de mí, creo que me estoy convirtiendo en dios!")"

Hay que aclarar algo importante y es que no debemos imaginar este culto como algo homogéneo realizado por el conjunto de la población. Al principio, se trataba simplemente del conjunto de rituales encaminados a ensalzar la figura del gobernante en cuestión y que consistían en sacrificios a los dioses pidiendo por la salud y la seguridad del emperador. Esto cambió después del mandato de Adriano, cuando el culto al emperador sirvió para descubrir a los cristianos. Se hizo obligatorio hacer una ofrenda de incienso al emperador, a cambio de recibir un certificado mediante el cual podían demostrar su lealtad al Imperio. Obviamente, los cristianos se negaban a hacerlo y era la manera de descubrirlos.

En ocasiones, este culto podía extenderse a la familia imperial y de hecho hay evidencias de varias mujeres que alcanzaron el sobrenombre de augusta, como por ejemplo Drusilla, hermana de Calígula, o Livia, esposa de Augusto, quien incluso dispuso de un templo propio en Ramnunte, Grecia.

Este culto finalizó con el mandato de Constantino I y la implantación del Cristianismo en el Imperio.

Leer más...

domingo, 27 de diciembre de 2009

El dios Fósforo

De vez en cuando no está de más ir más allá del Olimpo y descubrir dioses menores y prácticamente desconocidos, que nos ayudan no sólo a ampliar nuestra información sobre la religión de los antiguos griegos, sino también a comprender muchas cosas de nuestra vida cotidiana. En este artículo quiero presentar, aunque con más brevedad de la que quisiera, al dios Fósforo, también llamado Eósforo o Heósforo, identificado con el lucero del alba que observaban los antiguos al amanecer y el cual hoy sabemos que es el planeta Venus.

El nombre de Fósforo viene del griego φώς ("luz") y φόρος ("portador"), ya que se trataba del dios que traía las primeras luces del día. Era hijo de Eos, la aurora, y Astreo, un titán, y hermano de los Vientos: : Céfiro, Boreas y Noto. Era representado a menudo como una antorcha portada por su madre y a menudo se le daba el apelativo de Estrella de la Mañana. Los romanos tradujeron su nombre a Lucero, el cual fue utilizado posteriormente como Lucifer por San Jerónimo en su Vulgata para identificar al ángel rebelde que provocó que los demonios fuesen expulsados del Cielo. Posteriormente, este término serviría de forma ambigua junto con el de Satanás para designar al Diablo. En la religión strega es el padre de Aradia.

Fósforo mantuvo relaciones con Cleobea y tuvo un hijo llamado Filónide o Filamón, poeta y adivino del que también se dice que era hijo de Apolo y gemelo de Autólico.

Y sí, él es la causa de que al elemento químico del Fósforo se le pusiera ese nombre, ya que su principal característica es que emite luz al contacto con el oxígeno.

Leer más...

jueves, 17 de diciembre de 2009

Las vestales

Las vestales eran el conjunto de sacerdotisas dedicadas al culto de Vesta en Roma. Su peculiaridad consiste en que eran sacerdotisas públicas y que formaban un cuerpo religioso integrado por mujeres, cuando lo normal es que fueran hombres los encargados del culto a los dioses. Su mayor responsabilidad residía en vigilar el fuego sagrado de Vesta, situado en su templo en el Foro Romano. Se dice que las vestales cuidaban del fuego de la ciudad desde los tiempos de la Monarquía, y que incluso la madre de Rómulo y Remo fue una vestal.

Vesta es una diosa romana de orígenes antiguos, asociada al fuego del hogar. Su culto fue introducido en Roma por Rómulo, según la mayoría de los autores, aunque hay ciertas dudas ya que el templo (redondo como las primitivas cabañas del Lacio) se encuentra fuera del área del Foro Romano, que es donde se sitúa la ciudad fundada por Rómulo. Sabemos del arcaicismo de esta diosa porque el animal que se le asociaba es el asno, animal mediterráneo por excelencia, en lugar del caballo, animal representativo indoeuropeo. El día de las Vestalia se coronaba a los asnos con flores y no se les obligaba a trabajar; se hacía por una leyenda según la cual un asno había protegido a Vesta de los ardores amorosos de Príapo, aunque se cree que es un mito tardío y artificial.

Las vestales eran escogidas durante su infancia; debían ser vírgenes y hermosas, y provenir de padres reconocidos. Desde el momento en que pasaban a formar parte del templo, se consideraba que ya no dependían de su familia. Pero el servicio a Vesta no era para toda la vida. Cuando una vestal cumplía treinta años en el templo (diez años de instrucción, diez de servicio y diez de instrucción), eran libres para casarse si querían, aunque lo normal era que eligieran permanecer célibes y en el templo. La condición de la virginidad venía de los tiempos de los poblados antiguos, cuando eran las muchachas jóvenes y solteras las encargadas de vigilar el fuego sagrado, ya que no tenían familia ni tareas hogareñas que atender.

La vestimenta también identificaba a las vestales. Las tunicas que utilizaban eran de lino blanco y estaban adornadas con una orla de púrpura. Dentro de los distintivos que llevaban encontramos uno de suma importancia, la vitta. Era comúnmente utilizada como adorno por las mujeres pero en el caso de las vestales identificaba su posición sagrada en la sociedad. Es por esto que lo primero que se le hacía a una Vestal que rompía sus votos era el despojarla de esta vitta.

Las vestales gozaban de ciertos privilegios, como el de poder disponer de todas sus posesiones e incluso podían hacer testamento, aunque su padre o cualquier otro varón de la familia aún estuviese vivo. Además, podían absolver a un condenado a muerte, siempre que se lo encontraran de forma casual cuando era llevado hacia su condena. Siempre eran escoltadas por lictores y en obras de teatro y otros espectáculos, gozaban de los mejores sitios. Además, solían ser invitadas a los banquetes más suntuosos de la ciudad.

Por contra, tenían algunas prohibiciones y responsabilidades por las que podían ser duramente castigadas. Lo más importante de todo era que no se apagase el fuego del templo. Si esto ocurría, el Senado se reunía y hablaban sobre las causas y las consecuencias del hecho; después el fuego volvía a encenderse. La vestal que había estado de guardia cuando la llama se había apagado era azotada.

El segundo tabú de las vestales era obviamente la virginidad, y perderla se consideraba un acto mucho peor que el dejar que la llama se apagase. Los castigos iban desde la lapidación hasta la decapitación o el enterramiento en vida, aunque sólo se tiene constancia de una veintena de casos en los que hubo que recurrir a ellos.

La fiesta más importante del año eran las Vestalia, celebradas entre el 7 y el 15 de junio. Era una fiesta dedicada especialmente a las mujeres que eran madres, ya que vesta era la diosa del hogar, la familia y la pureza; además, era la única época del año en la que el público podía entrar al templo. Había varias procesiones por la ciudad en las que se paseaban estatuas de la diosa.

Algunas vestales famosas fueron Rhea Silvia, la madre de Rómulo y Remo, quien obviamente rompió sus votos de castidad; Tarpeia, quien traicionó a Roma y fue arrojada desde la roca que luego adquirió su nombre; o Julia Aquilia Severa, que rompió sus votos casándose con el emperador Elagabalus, y que, por supuesto, no fue castigada.

Leer más...

jueves, 10 de diciembre de 2009

Los funerales en Grecia

La mayor parte de la información que tenemos sobre el desarrollo de las ceremonias fúnebres está en las representaciones de los vasos, que se centran especialmente en los momentos de exposición del cadáver y la conducción al cementerio. Solamente por fuentes escritas conocemos el lavado del difunto, su disposición en el ataúd y el enterramiento.

Las mujeres eran las encargadas de lavar el cadáver, ungirlo con perfume, vestirlo y arreglarlo en lechos cubiertos de paños con la cabeza apoyada en almohadones. Al dia siguiente de la muerte, se recibía a los parientes y amigos para la ceremonia del lamento. A partir de la época clásica, hay un claro reparto de papeles: las mujeres plañen en el hogar del difunto y los hombres le rinden un último reconocimiento social mediante un homenaje.

Al amanecer del tercer día, una procesión conducía al difunto al cementerio, donde se lo enterraba o se lo incineraba. Esta elección dependía de la tradición familiar, aunque por lo general los círculos aristocráticos preferían la incineración, ya que lo asociaban al ritual heroico descrito en las obras de Homero.>

La inhumación del cuerpo o de las cenizas se acompañaban por ofrendas de comida y libaciones y tras el funeral, parientes y amigos eran invitados a un banquete fúnebre a su regreso a la casa del difunto.

Nueve días después del funeral, los familiares y amigos se reencontraban en la acrópolis para repetir las ceremonias fúnebres y otros ritos que señalaban la finalización del luto a los treinta días. Posteriormente, tanto la celebración del aniversario de la muerte como toda visita al sepulcro se acompañaba de numerosas ofrendas: flores, cintas de colores, recipientes para libaciones, tarros de perfume, arquetas para joyas, instrumentos musicales, armas y aparatos de gimnasia.

Tanto en el ritual de incineración como en el de inhumación, se daba gran importancia a la visibilidad de la tumba, no sólo para que los recordasen los familiares y amigos, sino cualquiera que pasase por la necrópolis. Para esto se usaban unos signáculos, cuya tipología era muy variada. Entre los siglos IX a.C. y VII a.C. eran estelas sin relieves ni inscripciones con grandes vasos. A partir del siglo VI a.C. los vasos se sustituyeron por esculturas monumentales de mármol. En los siglos V y IV a.C. a consecuencia de las leyes suntuarias que prohibían el exceso de lujo, el aspecto exterior de las tumbas disminuyó de tamaño.

Leer más...

lunes, 7 de diciembre de 2009

Troya

Troya (en griego Τροία o Τροίας; también llamada Ilión, en griego Ίλιον o Ίλιος, Wilusa en hitita y Truva en turco) es una ciudad tanto histórica como legendaria, donde se desarrolló la Guerra de Troya, aunque mi intención al escribir este artículo es hablar de la Troya histórica, ya que de la leyenda se ha hablado mucho y creo que más o menos muchos conocemos ya la historia.

La Troya histórica estuvo habitada desde el III milenio a.C y se situó en el estrecho de los Dardanelos, teniendo una posición estratégica respecto al Mar Negro. Además, se encontraba entre dos ríos, el Escamandro y el Simois, lo que ayudaba a sus comunicaciones. Aún así y debido a las condiciones del clima, muchas veces los barcos que querían cruzar el estrecho tenían que detenerse durante bastante tiempo en Troya a esperar que fuera el momento propicio para navegar.

El esplendor de Troya coincide con el esplendor del imperio hitita, y encontramos referencias a la ciudad en muchas fuentes hititas, si bien pueden llevar a la confusión ya que tienen interpretaciones abiertas en cuando a Troya. Las menciones de Troya en las fuentes griegas nos hablan de colonos griegos que llegaron a partir del 900 a.C. (cuando se data el primer santuario a Atenea de la ciudad) y de las invasiones que sufrió por parte no sólo de griegos sino de persas. Alejandro Magno llegó a la ciudad en 334 a.C. y tomándose a sí mismo por un nuevo Aquiles, la tomó bajo su protección, pasando tras su muerte a su general Lisímaco.

Las fuentes romanas hablan de la protección de Troya en el 190 a.C. y se refieren a ella como una aldea. La ciudad pasó a formar parte de Pérgamo hasta que en el 133 a.C. fue considerada como parte de la provincia romana de Asia.

Con la llegada del cristianismo al Imperio Romano, Juliano el Apóstata comprobó que se seguían haciendo rituales a Atenea hasta que en 391 d.C. se prohibieron los cultos paganos. Hacia el 500 hubo un gran terremoto que derribó gran parte de la ciudad. Se produjo un nuevo asentamiento en la zona pero a partir del siglo XIII, la ciudad cayó en el olvido.

Las ruinas de Troya fueron descubiertas en en 1871 por Heinrich Schliemann. En 1998, el sitio arqueológico de Troya fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Leer más...