viernes, 28 de agosto de 2009

La educación espartana

Si algo se le viene a uno a la cabeza cuando se le menciona la palabra “Esparta” es la dureza, la disciplina y la militarización de su sociedad, especialmente removida desde el estreno de la película “300”. Incluso hemos adaptado el adjetivo “espartano” para referirnos a algo austero, firme, sobrio, severo. En este artículo voy a explicar el proceso mediante el cual los espartanos adquirían ese carácter que les ha caracterizado y ha hecho que sean recordados durante siglos.

Los jóvenes espartanos crecían con la idea de que tenían que luchar por la gloria de su ciudad. Ya no se trataba como antes de ser héroes, según el ideal homérico, aunque se seguía educando a los chicos en deportes, competiciones, etc… Un ejemplo de esto es que aproximadamente la mitad de los vencedores de los juegos olímpicos eran espartanos.

El sistema educativo creado por Esparta era obligatorio para ser considerado un ciudadano con todos los derechos, tal como nos lo explican Jenofonte y Plutarco. Se hacía de forma colectiva, puesto que en vez de existir un alumno y un maestro, había lo que hoy llamaríamos una clase, un aula, donde se agrupaba a los niños de edades similares frente a un solo maestro. Este sistema se atribuye a Licurgo, aunque parece que no hay referencias históricas para confirmarlo.

Plutarco nos cuenta que nada más nacer, un grupo de ancianos examinaba al niño para verificar que estaba en forma y que era fuerte y bello. Si no era así, se les arrojaba por un barranco, ya que sólo alimentaban bocas productivas. Si se le permitía vivir, se le criaba sin las menores muestras de mimos o cariños. No les ponían pañales para no retrasar su evolución y para que se adaptaran al frío y al calor. Se les acostumbraba a estar solos y a la oscuridad.

A los 7 años abandonaban el hogar familiar y se iban a vivir a unos barracones militares donde comenzaban su instrucción. Aprendían a leer y a escribir (lo justo, según Plutarco), y también a cantar, aunque todo se centraba en el atletismo, la lucha, el manejo de las armas y sobretodo a obedecer ciegamente. En palabras de Plutarco; “Licurgo acostumbró a los ciudadanos a no saber vivir solos, a estar siempre, como las abejas, unidos por el bien público en torno a sus jefes". Los niños iban siempre desnudos y sucios, pues no se les permitía bañarse. Se les alimentaba con lo justo, con lo cual se les dejaba con hambre y se les animaba a robar comida. Si eran sorprendidos, les castigaban no por robar, sino por haber sido torpes y dejarse pillar. Tenían que fabricarse las camas ellos mismos con cañas y sólo con sus manos. Todos los ciudadanos estaban autorizados a vigilar por la correcta educación de los niños: podían castigarles, reñirles, azotarles… Esto llegó tan lejos que incluso se llegaron a celebrar unas novatadas en las que hubo niños azotados bajo el sol hasta la muerte, ante la mirada de los ciudadanos.

Cuando cumplían los 20 años, todo se centraba en fortalecerlos, para lo cual se les llevaba a un bosque, se ataba una cadena a un árbol y a ésta, un palo. El joven se agarraba a este palo mientras dos compañeros le apaleaban. Cuando caía al suelo, se encargaban de levantarlo para continuar. Con esto, aprendían a soportar el dolor, y los que apaleaban aprendían a no dejarse llevar por la piedad o la lástima ante el dolor ajeno, aunque se tratase de un compañero. Cuando acaba el castigo, no se curaban las heridas del apaleado. Muchos prefirieron morir antes que ceder al dolor.

En cuanto a las niñas, se las educaba también en la gimnasia, la lucha y el atletismo, lo que las fortalecía para traer al mundo niños vigorosos y sanos. Se trataba de reducir al mínimo los sentimientos: el matrimonio sólo servía para traer nuevos guerreros. Las esposas se prestaban con normalidad. Como contrapartida, las espartanas tenían una libertad de la que carecían otras mujeres griegas. Ellas heredaban de los padres y administraban la economía familiar.

Leer más...

El telar en Grecia

En la sociedad griega la mujer estaba considerada como un ser inferior al hombre, según autores como Platón o Cleonice de Aristófanes, por lo que estaba alejada de los dos terrenos principales de la vida pública: la Asamblea y el campo de batalla. Estando relegada de esas funciones sociales, corresponde entonces a la mujer griega la preeminencia en la vida cotidiana y en el hogar, reconociéndose su predominio en estas labores.

En este artículo voy a hablar del telar, del arte de tejer, pues era un terreno exclusivo de la mujer y donde ella podía explayarse. Su superioridad en este terreno está confirmada en textos de Sócrates y Glaucón. La importancia del telar la vemos ya reflejada en el mito de la diosa Atenea, patrona de las tejedoras y orgullosa de su talento hasta el punto de transformar a Aracne en araña debido a que ésta la superaba en su habilidad. Pandora, la mujer que trajo los males al mundo, también era una virtuosa tejedora, alumna de Atenea. Encontramos tejedoras también en la literatura: quizá la más famosa de ellas sea Penélope, esposa de Ulises, quién utilizó su telar para frenar a sus pretendientes mientras esperaba a que llegase su marido de Troya.

Aquí podemos ver una separación entre las funciones del hombre y la mujer: él va a la guerra y ella permanece en el hogar tejiendo. En esta división de funciones encontramos algo más que roles dentro de la sociedad. El trabajo del telar se consideraba un trabajo mecánico, en el que no se necesitaba usar la razón, mientras que la política y la guerra eran funciones en las que era necesaria la intelectualidad.

Confinadas las mujeres entonces a estos trabajos, tuvieron que buscar la manera en la que utilizar el telar para desarrollar actividades “no racionales”, para utilizar la astucia y conseguir sus objetivos. Un grupo de mujeres tejiendo o incluso una sola mujer tejiendo en la soledad de su hogar, parecía una imagen inofensiva y cotidiana para los hombres, pero éstos no sospechaban que podían estar tramando mil asuntos y planeando otras tantas intrigas y artimañas.

En este sentido se podía hablar de que las mujeres crearon una religión basada en el telar y en las funciones que realizaban a través de él. Tendrían entonces tres divinidades principales: por supuesto Atenea, las tres Moiras que tejen el destino de los hombres y Afrodita, a la que Safo llamó “tejedora de engaños”. Muchas mujeres encontraron en el arte de tejer la solución a sus problemas: Penélope, como hemos dicho, conservó su patrimonio gracias a su tarea de tejer y deshacer lo tejido durante veinte años; Helena de Troya tejió los sucesos de la guerra alcanzando casi la perfección; Electra reconoció a su hermano Orestes tras ver una tela que ella misma le había tejido; por último, podemos hablar de Filomela, la hija de Pandión, violada y recluida en una cabaña en el bosque por su cuñado Tereo, consiguió contarle a su hermana Procne todo lo que le había pasado mediante imágenes en una tela.

La tela es usada entonces como un instrumento mediante el cual la mujer consigue lo que quiere sin que nadie sospeche nada de su labor. Es un medio de comunicación a los demás y además, ofrenda para las diosas tutelares de esta dedicación. Podría hablarse de un lenguaje específico que los hombres no alcanzaban a comprender, ya que para ellos y para la sociedad en general, la imagen de la mujer tejiendo dentro de su casa era la representación misma de la virtud, la moral y la castidad, cuando en realidad la tela era un instrumento utilizado a voluntad por las mujeres. Podían usarla como excusa para evadir otras tareas, para tejer velos y vestidos con los que manipular a los hombres, para reunirse entre ellas sin que pareciera que urdían algo… Expresiones actuales como “tramar”, “urdir” o “tejemaneje” vienen de esta concepción de la labor de tejer.

Leer más...

El paso de niña a mujer en Grecia

Siempre se habla de ritos de adolescencia en cuanto a los niños, pero ¿qué hay de las niñas? Existen varias fuentes en las que se alude a ciertos ritos encaminados a marcar la transición de niña a mujer en la Antigua Grecia. Una de ellas es la comedia Lisístrata, de Aristófanes, datada a finales del siglo V a.C. El breve texto dice así:

“Apenas tuve siete años, llevé las vasijas en procesión, después, a los diez, molía el trigo para nuestra superiora. Pronto, después, envuelta en la túnica azafranada, fui osa en las fiestas Brauronias, y al fin, con un collar de higos secos, convertida en una hermosa muchacha, llegué a portar las canastas de la diosa en el desfile”

La mayoría de los rituales de los que tenemos constancia son de iniciación, es decir, ceremonias que las jóvenes debían realizar para pertenecer a un colectivo y determinar su posición dentro de él. Se distinguen siempre tres fases:

- Se separa a la niña de su familia y su contexto cotidiano
- Se la lleva a un lugar alejado de su comunidad
- Una vez completada la educación y celebrados los rituales, la muchacha es una mujer y es devuelta a la sociedad, donde desempeñará su nuevo papel.

Por lo visto, este tipo de rituales sólo se llevaban a cabo en las familias de clase alta, la aristocracia, que eran las únicas que podían permitirse esta educación. Las familias modestas se conformaban con entregar ofrendas y realizar oraciones.

Los rituales no eran tan majestuosos como los masculinos y su objetivo era preparar a la mujer para su papel de esposa y reproductora, único estino posible. Generalmente, los rituales de las mujeres se marcaban por sus ciclos biológicos, así, la iniciación debía llevarse a cabo justo antes de la primera menstruación.

Estos rituales se desarrollaban bajo la protección de Ártemis y se explican mediante un mito que los unifica y les da sentido- Agamenón, rey de Micenas, salió a cazar y al acertar a un ciervo, se jactó de que era mejor cazador que Ártemis. La diosa se ofendió y provocó una calma en el mar, de manera que la flota de los aqueos, bajo el mando de Agamenón, no pudo zarpar hacia Troya. Tras consultar a un oráculo, se determinó que la única manera de que soplara el viento era sacrificar a Ifigenia, hija del rey. En el momento de matarla, Ártemis se compadeció de ella y la sustituyó por un ciervo. Según las versiones, el ciervo cambia por un fantasma, una imagen de cera o una osa. Ésta última ampara los rituales que se habían cada cuatro años en Braurón, lugar donde se creía que había tenido lugar el sacrificio. En ese mismo sitio, se ha encontrado un templo dedicado a Ártemis.

Las niñas entre cinco y diez años pasaban una temporada en el santuario de Ártemis para aprender los misterios de la diosa. Frente al altar presidido por una palmera, árbol bajo el cual nació la diosa, las niñas vestidas con túnicas color azafrán bailaban imitando a los osos, hacían ofrendas y sacrificaban cabras, representando la muerte simbólica de la etapa infantil. Después, las jóvenes volvían a sus casas para elegir un esposo y ser madres siempre bajo la protección de Ártemis.

Otro rito iniciático es el de las aves de Estínfalo. La leyenda dice que Euristeo mandó a Hércules a Estínfalo, en Arcadia, para que hiciera huir a los pájaros que había en los alrededores de un lado. Para esto, Atenea le dio unas castañuelas de bronce con las que espantar a las aves. Pausanias habla de un templo de Ártemis en Estínfalo, en el que había un techo pensado para que los pájaros se posasen en él; además había estatuas de muchachas con patas de pájaro en vez de piernas. Cada cierto tiempo, chicas y chicos se reunían. Ellas cantaban y bailaban como pájaros y ellos imitaban a los lobos que las acechaban.

En Esparta también se celebraban estos mitos aunque incluían un adiestramiento físico encaminado a que engendraran niños fuertes para ser guerreros. Los mitos para estos rituales se basaban en las guerras con Mesenia, en el momento en el que un grupo de soldados mesenios entraron en el templo de Ártemis en el momento en que se celecraba un ritual de iniciación y se unieron a ellas. Precisamente en Esparta se encontró una inscripción muy significativa: una niña consagra a Ártemis su tympanon (pandereta), su pelota y sus ornamentos para el pelo. Ya no los necesitaría.

Leer más...

El origen de los dioses griegos

La principal fuente en la que me voy a basar es la Teogonía de Hesíodo, obra escrita a finales del siglo VIII a.C en la que se narra el origen del cosmos y el linaje de los dioses, así como la manera en la que Zeus se constituyó en el centro de toda la mitología.

En primer lugar existió el Caos y después Gea. En el fondo existía Tártaros y Eros, que se le menciona como un sentimiento más que como un dios antropomorfo. Del Caos surgió la Noche y Érebos. De la unión de los dos hermanos nacieron el Día y el Éter. De Gea nació Urano, las Montañas, las Ninfas y el Ponto (el mar).

Gea y Urano tuvieron una larga descendencia, los Titanes, destacando el más joven de todos ellos, Cronos, quien nació odiando a su padre. Hermanos suyos fueron los Cíclopes y unos monstruos a los que Hesíodo no da nombre que son descritos con cien brazos y cincuenta cabezas. Son los hecantóquiros.

Urano sabía que no sólo Cronos, sino que todos sus hijos le odiaban, así que haciendo gala de su crueldad, no dejaba a Gea dar a luz, dejando a los hijos dentro de su vientre. Gea, hinchada y cansada, urdió un plan con sus hijos. Cronos se ofreció a llevar el plan a cabo y una noche, cuando Urano quiso acostarse con Gea, Cronos sacó su mano armada con una hoz afilada y cortó los genitales de su padre. Ésos cayeron al mar y de la espuma que formaron nació Afrodita, que llegó a las costas de Chipre.

Rea y Cronos tuvieron a Hestia, Démeter, Poseidón, Hera, Hades y Zeus. Cronos, temiendo que le sucediera lo mismo que a su padre, se iba comiendo a sus hijos según nacían, provocándole sufrimiento a Rea. Cuando Zeus nació, Rea decidió entregar el bebé a su suegra, Gea, para que lo cuidara, y ella entregó a Cronos una piedra envuelta en pañales. Al cabo de un año, Cronos vomitó la pesada piedra y detrás de ella, a todos sus hijos.

Zeus entonces tuvo que enfrentarse a los Titanes, pues éstos no querían quedar por debajo de él, así que lucharon durante diez años. Para esto tuvo que liberar del Tártaro a los hecantóquiros y a los cíclopes, quienes forjaron para él el rayo. Zeus obtuvo la victoria y los tres hermanos olímpicos se repartieron el poder: Zeus se quedó en el cielo, Poseidón el mundo submarino y Hades el mundo subterráneo. Aun así, antes de establecerse en el cielo, Zeus tuvo que vender a los gigantes y destruir a Tifón.

Leer más...

El oráculo de Delfos

La desaparecida ciudad de Delfos se encontraba a los pies del monte Parnaso, a 700 metros sobre el nivel del mar y a pocos kilómetros del golfo de Corinto y el puerto de Itea. Allí se construyó el enorme recinto sagrado compuesto por el templo dedicado al dios Apolo y otros edificios sagrados, que pasarían a la historia como el Oráculo de Delfos, al que los antiguos acudían en busca de predicciones y respuestas. Este centro religioso fue un componente básico en la colonización de Sicilia e Italia del sur. Su estructura circular rodeada de naturaleza y con olivares hasta el mar estaba envuelta en un gran ambiente de enigma y misterio.

Según la leyenda, este lugar fue escogido por la diosa de la tierra Gea y su serpiente Pitón como sitio de asentamiento. Gea era la identificación griega de la Tierra, una diosa madre a la que se dio culto en el mundo minoico. Se dice que ella fue la primera adivina del lugar, lo que se confirma por la presencia de algunas estatuillas femeninas que la representan. Ya en el siglo VIII a.C, el lugar se dedicó a Apolo. Apolo mató al reptil para apoderarse de su sabiduría y convertirse de esta manera en líder del futuro oráculo. Del nombre de Pitón derivó el de pitia o pitonisa, asignado a las mujeres que descifraban el oráculo. También fue el adjetivo que se usó para calificar los juegos fúnebres que Apolo fundó en honor de la serpiente muerta. Estos juegos se celebraban cada ocho años hasta que se cambió a cada cuatro, de manera que alternaban con los Juegos Olímpicos. La lucha entre Apolo y Pitón es un tema arquetípico en el que se muestra el avance triunfal de los dioses de origen indoeuropeo sobre las primitivas divinidades autóctonas. Otra teoría acerca de cómo Apolo se adueñó de Delfos es la que explica Esquilo: a Gea la sucedió su hija Temis y a ésta Febe, madre de Leto y abuela, por tanto, de Apolo.

Existen otros mitos acerca de Delfos. La famosa fuente de la Castalia, surgida por la coincidencia de manantiales montañosos y resguardada por un bosque de laureles dedicado a Apolo, habría sido lugar de encuentro de divinidades y ninfas para hablar de poesía y tocar la lira. Otra historia dice que Zeus y Atenea discutieron acerca del lugar en el que se encontraba el centro de la tierra, que la diosa situaba en Atenas, así que Zeus mandó a dos águilas salir volando cada una de un extremo del cosmos y fueron a encontrarse en Delfos, donde una piedra con forma de cono y llamada ónfalos simbolizaba, como su nombre indica, el ombligo del mundo. Esta piedra se encuentra actualmente en el museo del recinto de Delfos y se ha relacionado con rituales a la Diosa Madre como primera representación de la fecundidad. En ella se encuentran esculpidos nudos y cintas quizá en recuerdo de unos ornamentos a modo de venda con los que se cubrían la cabeza los sacerdotes. Otra relación de Delfos con el culto a la Gran Madre es su propio nombre pues delphys quiere decir “útero”.

Al oráculo acudían todos aquellos que quisieran consultar a los dioses acerca de algún tema que les preocupara, ya fueran nobles o pobres, y sin importar su lugar de procedencia, puesto que incluso había gente que se desplazaba desde el norte de África para hablar con la pitia. Antes de hacer la pregunta o consulta, los días 7 de cada mes entre febrero y octubre, por ser la fecha de nacimiento de Apolo, los interesados tenían que colocar una cabra sobre el altar y derramar encima de ella un cubo de agua fría; si el animal tiritaba era señal de que el dios Apolo atendería sus peticiones. Era de rigor además pagar una tasa, que parece ser que coincidía con lo que cobraba un jurado de la época. Es de remarcar el hecho casi desconocido de que durante los tres meses de invierno, Dionisos sustituía a Apolo en el oráculo, pues que éste marchaba a pasar los meses de frío con los Hiperbóreos.

Los vaticinios del oráculo eran transmitidos a los consultantes, que hacían su ruego de forma oral, a través de sacerdotisas, pitias, o pitonisas, mujeres elegidas de forma vitalicia sin tener en cuenta su estatus social, sino que su vida fuera irreprochable y que estuvieran dispuestas a vivir para siempre en el santuario. Al principio hubo sólo una, pero el aumento del volumen de trabajo en la época de apogeo del oráculo hizo que hasta tres pitonisas estuvieran disponibles al mismo tiempo. Siempre fue requisito que la mujer elegida fuese virgen, pero el rapto y la violación de una de ellas aumentó la edad a 50 años o más, para evitar que volviera a suceder. En ocasiones se relaciona el término sibila con Delfos pero la verdad es que este nombre comienza a aparecer en el siglo VI a.C. por parte de Heráclito de Éfeso. Algunas tradiciones afirman que la primera pitia se llamaba Sibila y que luego se generalizó, pero se piensa que las verdaderas sibilas procedían de Asia y sustituyeron a las pitias.

Existen varias teorías acerca de la manera en la que la pitonisa ejercía su trabajo. Parece ser que previamente se sumergía al atardecer en la fuente Castalia y guardaba ayuno. Luego entraba en trance, unos dicen que masticando hojas de laurel (aunque parece improbable) y otros hablan de grietas en las piedras de las que emanaban gases tóxicos, aunque no está demostrado arqueológicamente. Hace años unos arqueólogos americanos hablaron de la posibilidad de que se tratase de gas etileno, lo que explicaría el olor dulce del que se habla en fuentes antiguas, pero en 2006 unos especialistas franceses desmintieron la teoría del gas etileno a favor del gas metano. Aún no hay un acuerdo sobre esta cuestión.

Cuando estaba preparada se sentaba en un trípode, cuyos pies simbolizaban pasado, presente y futuro, y daba sus profecías mediante sonidos ininteligibles y guturales que un sacerdote pasaba en verso a una tablilla de cera y entregaba al consultante. La pitia se liberaba entonces del espíritu divino. El consultante podía escuchar a la pitia desde una sala vecina pero no se le permitía verla. De cualquier manera, estas descripciones provienen de autores cristianos como Juan Crisóstomo u Orígenes que seguramente intentaban ridiculizar las religiones paganas y politeístas, por lo que no son absolutamente fiables. Hablaban de que la pitia aparecía totalmente desgreñada, con tiritonas y echando espuma por la boca. La prueba de que esto era inventado es que no existen descripciones del momento del oráculo por parte de autores griegos o latinos. Ni siquiera Plutarco en los Diálogos Píticos menciona nada de esto.

Muchos personajes acudieron al oráculo de Delfos en busca de respuestas y consejos. El rey Creso de Lidia acudió a preguntar si debía invadir Persia, recibiendo como respuesta “Creso, si cruzas el río Halys (frontera entre Lidia y Persia) destruirás un gran imperio”. Creso se lanzó a la batalla sin pensar que el imperio asolado sería el suyo, como así fue. Querofonte, amigo de Sócrates, preguntó si existía alguien más sabio que éste, y recibió como respuesta un no. Phalantos de Esparta consultó sobre una expedición colonizadora a Italia y se le respondió que tomaría tierras tan pronto como cayese lluvia desde un cielo claro. Su esposa se llamaba Aithra, que significa “cielo claro”, así que cuando su marido la vio llorar supo que estaba preparado para la conquista.

Otros insignes e ilustres visitantes fueron el emperador Adriano, el escritor Pausanias, el político Herodes Ático y Plutarco, como dirigente de la liga religiosa que conglomeraba a 12 pueblos y que trasladó allí su sede desde el santuario de Deméter, dando lugar a las guerras sagradas que tanta destrucción trajeron a Delfos. Platón situó también en sus ciudades ideales los oráculos como pieza clave de consulta de los líderes, tal como aparece en La República y Las Leyes.

Plutarco nos cuenta que Alejandro Magno, poco después de ser nombrado comandante de la Liga Panhelénica para combatir a los persas, visitó el oráculo en uno de sus días nefastos, en los que estaba prohibido hacer ceremonias o vaticinios. Pero Alejandro tenía prisa y exigió que la pitonisa le atendiera de inmediato. Los sacerdotes se negaron aludiendo que era una gran ofensa molestar al dios Apolo de esa manera, así que Alejandro fue hacia la pitonisa y la arrastró hacia el lugar del templo donde se hacían las predicciones. Ella, viendo que la iba a obligar a entrar en trance, dijo “eres invencible” a lo que él respondió que ya no necesitaba ninguna profecía, pues había escuchado las palabras que deseaba.

El oráculo de Delfos destacó por sus numerosos aciertos, lo que se justifica porque allí estaban los hombres más sabios y con más conocimientos de su tiempo. En cualquier caso, el clasicista Fontenrose analizó casi 600 oráculos y constató que en la mayoría no eran predicciones sino aplicaciones de hechos pasados unidos con folklore. Sólo 75 fueron juzgados como históricos, fehacientes y verdaderos visos de futuro.

A lo largo de los años numerosas construcciones fueron tapando el recinto de Delfos pero en el siglo XIX, la Escuela Francesa de Arqueología de Atenas inició unas excavaciones en las que se pudo desenterrar todo el conjunto arquitectónico. Destaca el templo de Apolo, restos de estatuas crisoelefantinas (hechas de marfil y oro), el estadio, el santuario de Atenea, la fuente Castalia, el auriga de bronce a tamaño natural, la esfinge de Naxos o el tesoro de los atenienses. Los tesoros eran capillas en las que se guardaban los exvotos u ofrendas que se hacían como agradecimiento por las predicciones. El de los atenienses, hecho tras la Batalla de Maratón, fue el más ostentoso. Las piedras se exponen actualmente en el Museo de Delfos.

Durante el siglo IV a.C. sucedieron algunos desastres en Delfos, destacando un terremoto y tres guerras entre tesalios, foceos, atenienses, tebanos y beocios que provocaron daños arquitectónicos irreparables, además de la desaparición de varios tesoros que fueron fundidos para pagar a los soldados. En los siglos III y II a.C. y gracias a la colaboración de los reyes de Pérgamo sobretodo, Delfos recuperó parte de su antiguo esplendor con la donación de dinero, mano de obra y estatuas para su restauración. Ya en el siglo I a.C. el oráculo comienza a dar señales de abandono, como indica Plutarco en los Diálogos Píticos. El dinero de las donaciones se va terminando y cada vez hay menos consultas sobretodo de ámbito político. En el siglo II d.C el oráculo disfruta de su canto de cisne: Adriano mantiene correspondencia con el oráculo y algunos dirigentes romanos hacen donaciones, sin embargo, los visitantes de esa época ya eran en su mayoría curiosos y no fieles. En el siglo III d.C, hérulos, godos y bastarnos pasaron por Delfos en su recorrido y destrozaron casi todas las estatuas.

La decadencia del oráculo de Delfos comenzó a raíz de las críticas cristianas que definían lo que sucedía allí como demoníaco y pornográfico. Pese al intento de revivirlo de Juliano el Apóstata, Teodosio lo clausuró oficialmente en el año 381.

Leer más...

El culto de los soldados romanos

Quizá resulta extraño hablar de “religión” de los soldados romanos, puesto que como ciudadanos tenían las mismas creencias que los civiles, pero sí es cierto que tenían más devoción por divinidades guerreras y que además, tenían especial cuidado en el culto al emperador, considerado prácticamente como un dios. Además, los campamentos militares en ocasiones eran auténticas ciudades en las que, además de mercados y médicos, había también una clase sacerdotal que se encargaba de preparar los sacrificios y los actos rituales previos o posteriores a una batalla.

Los principales dioses adorados por los romanos eran:

- Marte: originalmente parece ser que estaba considerado como un dios de la vegetación y su fuerza productiva, pero su carácter fue evolucionando hasta convertirse en una divinidad propiamente guerrera. Tuvo un papel importante en la historia de Roma, puesto que se le consideraba padre de Rómulo y Remo. Prácticamente todos los escalafones del ejército ofrecían votos a Marte y como prueba de su consideración como dios de la guerra, tenemos el Campo de Marte, una gran explanada en la que originariamente se levantó un altar a Marte y que sirvió como lugar donde se instruían los soldados y practicaban en tiempos de paz.

- Hércules: llegó a Roma como influencia de Grecia a través de Heracles. Se le consideraba protector de las armas pero también procuraba la fecundidad de los campos, con lo que ocurre lo mismo que con Marte, una curiosa dicotomía dios guerrero-destructor contra dios agrícola-creador. También era protector de la familia y del comercio. Muchos emperadores se identificaron con él, especialmente Cómodo, que incluso se puso el apodo Hercules Romanus. Sus valores morales, además, le hicieron objeto de admiración.

- Minerva: a pesar de que pueda sorprender que Atenea, símbolo de la inteligencia, fuera una de las divinidades preferidas por los soldados, hemos de recordar que representaba también la estrategia militar. Era además protectora de Roma y formaba parte junto con Juno y Júpiter de la tríada capitolina.

- Los Dióscuros: los gemelos Cástor y Pólux eran a menudo “avistados” por generales que creían verlos luchando junto a ellos en el campo de batalla. Eran adorados especialmente por los soldados de la caballería, pues frecuentemente aparecían representados montados a caballo.

También podemos hablar del culto a otras divinidades menores basadas en términos más abstractos. Así, tenemos a Virtus, que aparece unida muchas veces a Honos. No podemos olvidar a Victoria, que posteriormente sería relegada por la Niké griega. En ocasiones encontramos también influencias de cultos orientales como el mitraísmo o cultos indígenas que asociaban al panteón romano.

Todas las festividades religiosas que debían cumplir los militares se encontraban perfectamente detalladas por el poder central en el Feriale Duranum, un calendario que se repartía a todas las guarniciones y en el que aparecían todos los días que debían festejarse. De esta manera, los soldados que se encontraban lejos de sus hogares podían sentirse vinculados a sus creencias compartiendo aquellas celebraciones, amén de que obviamente era una señal de a quién debían las victorias: a los dioses y al emperador, que se encargaba de que fuesen honrados. Esto lo vemos muy claro en el papel de Júpiter, protector del emperador y del ejército, siendo un nexo entre ambas instituciones.

Respecto a los campamentos romanos, no debemos considerarlos simplemente como un campo de operaciones. Eran pequeñas réplicas de Roma, puesto que los soldados pasaban largas temporadas en él y poco a poco se iban añadiendo todos aquellos elementos de la vida diaria que en un principio se habían obviado. Al igual que había pequeños mercados, cocinas, talleres, etc… existían pequeñas capillas con su propio personal religioso especializado. Se establecían además estatuas de las divinidades que hemos mencionado antes y un altar en el que se hacían los pertinentes sacrificios y rituales. El lugar en el que se instalaba el campamento era sacralizado y se celebraba cada año el aniversario de su creación. Los estandartes y las insignias eran adoradas y ofrecidas a los dioses.

El personal religioso que atendía las necesidades de culto del campamento eran los feciales. Formaban colegios de veinte sacerdotes cuya misión principal era el diálogo pacífico con los extranjeros para evitar guerras. El jefe de los feciales era el pater patratus y portaba un cetro de Júpiter. Esta función no la podía desempeñar alguien cuyo padre no viviese.

Tito Livio nos ha dejado un ejemplo del discurso que estos feciales ofrecían a los pueblos con los que había algún conflicto:

Cuando el legado llega a la frontera del país al que se presenta una reclamación, se cubre la cabeza con el filum y dice “Escucha, Júpiter; escuchad fronteras de... (nombra al pueblo al que pertenecen); que escuche el derecho sagrado. Yo soy el representante oficial del pueblo romano; traigo una misión ajustada al derecho humano y sagrado, que se dé fe a mis palabras”. A continuación expone las reclamaciones. Pone, luego, a Júpiter por testigo: “Si yo reclamo, en contra del derecho humano y sagrado, que esos hombres y esas cosas se me entreguen como propiedad del pueblo romano, no permitas que jamás vuelva yo a mi patria”. Recita esta fórmula cuando cruza la frontera, la repite al primer hombre que encuentra, la repite al entrar en la puerta de la población, la repite cuando está dentro del foro, cambiando algunas palabras de la invocación y del texto del juramento”.

En caso de que no se aceptara el pacto, el fecial era también el encargado de declarar la guerra:

Si no le son entregados los que reclama en el transcurso de treinta y tres días, declara la guerra con estas palabras: “Escucha, Júpiter, y tú, Jano Quirino, y todos los dioses del cielo, y vosotros, dioses de los infiernos, escuchad; yo os pongo por testigos de que tal pueblo (nombra al que sea) es injusto y no satisface lo que es de derecho. Pero sobre esto consultaremos a los ancianos de mi patria, a ver de qué modo vamos a hacer valer nuestro derecho”. Vuelve, entonces, a Roma el emisario a demandar consejo. Sin dilación, el rey consultaba a los senadores más o menos con estas palabras: “Respecto a las cosas, objetos y ofrendas que el pater patratus del pueblo romano de los quirites ha denunciado de palabra al pater patratus de los antiguos latinos y a los antiguos latinos, cosas que no entregaron ni abonaron y que debían entregar o abonar, dime (dice a aquel a quien pide el parecer en primer lugar), ¿cuál es tu parecer?”. Entonces aquél respondía: “Mi parecer es que hay que ir por ello con una guerra justa y pura; tal es mi decisión y mi propuesta”. Después se consultaba a los demás por orden; y cuando la mayoría de los presentes era del mismo parecer, la guerra quedaba acordada”.

Seguidamente, se procedía al ritual del lanzamiento de la jabalina:

“Ordinariamente, el fecial llevaba hasta la frontera enemiga una jabalina de hierro, o de sangüeño con la punta endurecida al fuego y en presencia de, al menos, tres adultos decía: “dado que los pueblos de los antiguos latinos o individuos antiguos latinos hicieron o cometieron delito contra el pueblo romano de los quirites; dado que el pueblo romano de los quirites decidió que hubiera guerra con los antiguos latinos, o que el senado del pueblo romano de los quirites dio su parecer acuerdo y decisión de que se hiciese la guerra a los antiguos latinos, por ese motivo yo, al igual que el pueblo romano, declaro y hago la guerra a los pueblos de los antiguos latinos y a los ciudadanos antiguos latinos”. Después de decir esto, lanzaba la jabalina a su territorio”.

Este acto era esencialmente mágico y es de destacar que no se hiciese mención de ningún dios al realizar el lanzamiento. El color rojo no es aleatorio, pues desde antiguo se ha asociado a la sangre.

Junto a los feciales trabajaban los augures y los arúspices. Eran intermediarios entre los dioses y los hombres y su trabajo era interpretar las señales de los dioses y tomarlas como presagios favorables o no a la hora de ir a la batalla. La diferencia entre ambos es que los arúspices realizaban estas profecías en base a una víctima de sacrificio, ya fuera antes o después de muerta.

El culto al emperador era importante en cuanto a que era considerado prácticamente como un dios en sí mismo y además, jefe de todo el ejército. Este culto servía además para asegurar la fidelidad y lealtad de las tropas, garantizando un ejército unido y sin disputas entre sí. En realidad, este culto tenía una gran carga político-propagandística, ya que el emperador aparecía como garante de la paz y de la unidad, favorecido por los dioses.

Con todo esto podemos darnos cuenta de que el soldado romano vivía para algo más que para la guerra y que en realidad, se encontraba imbuido en las mismas creencias y costumbres que los ciudadanos de Roma. Prácticamente civiles y militares profesaban los mismos cultos sólo que obviamente, los soldados destacaban las partes más bélicas.

Un factor importante que distingue a civiles de militares es que éstos estaban en permanente contacto con cultos de otros pueblos, por lo que el ejército fue un importante vehículo de transmisión y movimiento de divinidades, creencias y cultos, ya que divinidades que originalmente comenzaron a adorarse en las tiendas de campaña terminaron llegando a las ciudades y a adquirir gran importancia, como es el caso de Mitra.

En suma, los factores religiosos del ejército son básicamente un elemento de cohesión en un grupo social que pasa mucho tiempo lejos de su patria y de su hogar, y que puede llegar a encontrar cierto consuelo por esta lejanía en un acto ritual a Marte en el que participe todo el campamento.

Leer más...

El culto de Isis en Roma

Si algo caracterizó a la religión romana fue su gran capacidad de absorción y adaptación respecto a las religiones y creencias de los pueblos que conquistaban. A pesar de contar con un gran panteón de dioses que se habían ido desarrollando a partir de las primitivas divinidades etruscas y griegas, no dudaron en asumir cultos de otros pueblos. Así, por ejemplo, tenemos el culto a Cibeles, el culto a Mitra y el culto a Isis, el cual voy a desarrollar en este artículo.

Heródoto, gracias al gran sincretismo grecorromano, identificó a Isis con Démeter, aunque pronto adquirió personalidad propia. El culto conjunto de Isis, Horus y Serapis entró en Roma en el año 84 a.C. durante el consulado de Sila, y a partir de ahí comenzó a hacerse cada vez más popular. Lo importaron marineros helenos e inmigrantes egipcios a la capital del imperio, y pronto fue diosa buscada por las clases bajas, por los esclavos y por las mujeres, es decir, por los desposeídos. Esto no impidió que sufriera varios intentos de abolición, pues algunos de sus ritos sacerdotales constaban de ciertos momentos libertinos que los cónsules más puritanos quisieron eliminar. Además, hubo algunos que vieron indicios de intrigas políticas en aquellas reuniones de isíacos, lo que hizo que se destruyeran capillas y altares en toda Roma. Con la instauración del cristianismo, el culto a Isis desapareció.

Los templos grecorromanos dedicados a Isis recibieron el nombre de Iseum, destacando entre todos el que se encontraba en Pompeya. Pronto se convirtió en una religión mistérica, compuesta por ritos iniciáticos, de purificación y ascéticos y no tardaron en aparecer escuelas de pastóforos, los sacerdotes isíacos.

Durante el gobierno de Augusto, el culto a Isis fue considerado externa superstitio, lo que no ha de extrañarnos si tenemos en cuenta que la mayor enemiga del pueblo de Roma en aquella época, la reina egipcia Cleopatra, se había autoproclamado como la nueva Isis, tradición que había iniciado la esposa de Ptolomeo II. Fue considerado un culto pornográfico, ya que celebraba el cuerpo humano, y ello iba en contra de las restricciones morales de la pareja formada por Juno y Júpiter que el gobierno promovía. Posteriormente Vespasiano y Marco Aurelio le dieron más importancia hasta el punto de que el culto a Isis llegó a superar a al culto mitraíco e incluso la diosa fue mimetizada en ocasiones con la Virgen María de los cristianos, especialmente en cuanto a su imagen dando el pecho al niño Horus.

Con Justiniano y la instauración del cristianismo en el Imperio Romano, todos los templos y santuarios de Isis fueron cerrados.

Leer más...